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TINUS
Florentino Diez
Ingeniero White - REPUBLICA ARGENTINA
Soy eminentemente tanguero.
Jubilado Bancario
Nací el 16 de octubre de 1935
MI ESPOSA: Ángela Ventura
MIS HIJOS: Claudio Aníbal y Andrea Claudia
MIS NIETOS: Leandro Matías, Hernán Maximiliano, Braian Gabriel y Agustín Emiliano.


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17/11/14 | 02:01: luis oscar dou dice:
tengo 83 años y, aunque se de que trata el poema, hay una parte de la letra que recuerdo y no la encuentro en esta versión que dice: no silbes Lisandro, no ves que tus silbos parecen aullidos de perros. Recuerdos vagos de mi adolescencia.
23/09/14 | 19:40: Gladys B. Alarcon dice:
Linda poesia. Supe de ella por un grupo de amigas argentinas con quienes compartimos el gusto por los libros, la poesia, la pintura, en fin ARTE. La pagina: La Magia de la Lectura en Facebook. Lo invitamos. Tanguera de escuchar tangos desde que estaba pequenia. Me encanta la musica y lo invito a la pagina Musica de ayer de hoy y de siempre. Ecuatoriana viviendo en USA hace poco. Tambien jubilada, con 2 hijos y 1 hija, 3 nietas, 1 nieto y 2 bisnietas. Saludos.
21/07/14 | 17:47: alberto hernandez dice:
si hay situaciones en la vida de una persona ,relacionadas a un poema este es el mio , lo leo y me parece recordar la situacion realmente hermoso , como lo dice horacio guarany mejor todavia
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Este espacio estará dedicado a notas de cultura general, pero con inclinación a la música nacional, entendiendo como tal el tango y el folklore


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IX - ARGENTINA - FAENAS DEL CAMPO



La esquila
Es el corte de lana que se hace anualmente a las ovejas. Esta operación daba lugar, como todas las que se realizan en el campo argentino, a fiestas más o menos ruidosas.
Los animales eran esquilados por hombres muy diestros y aun por mujeres, hoy en cambio, lo son por medio de implementos que han mecanizado completamente la tarea.
Se realiza alrededor de septiembre u octubre y como queda dicho consiste en despojar las majadas de la lana. Se tomaban las ovejas por las patas y entregadas al esquilador, tijera en mano, procedía con maestría a cortar la lana del animal.
De noche se armaban bailes interminables. Gatos, malambos, se suceden unos tras de otros hasta que aparece un payador o milonguero, que pone un paréntesis al baile.
La esquila podía durar hasta casi veinte días.

La yerra
Operación que consiste en marcar los animales grandes en las estancias, especialmente vacunos y equinos.
Se trata como la esquila de un acontecimiento de los más importantes en las tareas rurales.
Dice Ventura Lynch, “ La yerra es el acto o acción de marcación que se hace cada uno o dos años, de la hacienda orejana que tienen las estancias”
La tarea se verifica en los mese de otoño, de abril a junio. Cuando la benignidad del clima aun no ha llegado a los rigores invernales.
Acude gente del poblado y de localidades cercanas y se produce una verdadera fiesta de trajes típicos, ponchos de vicuña, chapeaos de pura plata y toda la elegancia en las personas en sus cabalgaduras. Se luce todo aquello que es más rico y más caro.
Se echa la hacienda al corral, se mata una o dos vaquillonas, que se han de servir más tarde asadas como corresponde, y todo el comentario, risa y algarabía.
Se enlaza al primer orejano, si es vacuno en las astas, si es equino en el cuello. Una gran algaraza, por el acierto, aplausos y gritos y comienza la faena de la yerra. Se tiende al animal en el suelo y se procede a marcarlo con las marcas que se sacan candentes del fuego.
Y como los marcadores, despliegan sus habilidades los enlazadores y pialadotes, los unos a caballo, los otros de a pie y mientras bajo un ombú, en la playa y en la cocina se desarrollan otros cuadros de no menos interés. Corre el mate y la ginebra, suenan guitarras armoniosas, con u triunfo o un gato, que se baila y se juega a la taba.
Suele durar, dependiendo de la cantidad de animales a marcar, entre quince y veinte días.

La Doma
Es la tarea que realiza un hombre para amansar a los caballos y hacerlos útiles en las faenas del campo. Antiguamente se sometían a los equinos a castigos rigurosos para adecuarlos a la docilidad requerida para las tareas rurales.
De a poco se han ido utilizando métodos más suaves y adecuados, aunque algunos criollos apenas condescenderían a llamarla “doma”.
El domador, además de su coraje e inteligencia, necesita la colaboración de un ”apareador” que constantemente está, montado, al lado para ayudarlo y al mismo tiempo para que el animal vea al domado y le sirva de ejemplo.
Esta labor no escapa a las supersticiones y en Misiones lo domadores acostumbran a poner en el mango del rebenque un hueso de pescado o llevar en el bolsillo un pedazo de piedra imán con el objeto de excluir los peligros en su labor.
Ricardo Güiraldes en “Don Segundo Sombra” describe una doma:
“Se dejó ensillar sin muchas cosquillas. Mal olor le iba tomando yo al negocio.
Todos estábamos como en misa.
Mientras lo sacaban a la playa y lo agarraban de la oreja, me resbalé las botas, para poder con más fuerza sostener los estribos y me ajusté bien la vincha, no fuera que el pelo viniera a enceguecerme en lo mejor
Cuando bolié la pierna, sentí que tenía el lomo arqueado, como el de un barril y me acomodé los más fuerte que pude (…) pues no estaba el asunto para compadradas. “Lárguelo no más”. Maliciaba detrás de mí la sonrisita del patrón, pero no era cosa de perder la cabeza. En un segundo de tiempo pensé en un lonjazo en el hocico y deseché tal propósito, pues con ello me pondría a disposición de cualquier antojo del animal.
Mejor era estudiarle los vicios. Por suerte mi padrino tomó la iniciativa. “¡Afirmate!”, me dijo, y le envolvió al potro, las patas de un arriadorazo.
El animal se abalanzó, manoteando al aire, y se trabó en dos corcovos duros, para volvérseme, en un cimbrón, sobre el lado del lazo. Con lo que perdió pie. Quise abrirle, pero alcanzó a apretarme el tobillo por un momento, pues en seguida se enderezó, quedando a la espera como al principio.
Sin embargo, algo había yo perdido y es que se sentía dolorido el pie; algo también había ganado y es que, a pesar de tratarse de un reservado, no pudo en su astucia y baquía desacomodarme.
Mi mejor ganancia estaba en que don Segundo ya había visto de qué se trataba, Lo comprendí, porque me dijo: “No le bajés el rebenque”
Por segunda vez lo azoto por las patas y el bayo se abalanzó. La partida le iba a resultar más dura, pues mandado por mi padrino, le crucé el hocico de un rebencazo, y cuando como anteriormente se clavó a corcovear, le menudié azotes por la cabeza sin darle alce. Ni bien quiso pararse, don Segundo lo apuró a lazazos, para quitarle la maña de volverse sobre el corcovo.
Entrando en el juego, aumenté la dosis de lonja, cosa que me permitía charquear en el rebenque, al par que abatatar al bruto. Y viendo mi resistencia a los sacudones, se me calentó el cuerpo y empecé a aporrearlo al bayo, al compás, repitiendo como un estribillo el dicho del patrón: “Al que corcovee, ¡Leña! y ¡leña! y ¡leña!”.
No hubo nada que hacerle, la habíamos ganado desde el primer tirón y la seguimos ganando hasta el fin. Las riendas no me servían para afirmarme, porque el bruto sacudía tanto la cabeza que llegaba a golpearme los estribos. Pero al compás mismo de la rebenqueada había yo encontrado una base de equilibrio, que no perdí hasta volver a la puerta misma del corral, donde de un tirón lo hice sentar al bayo sobre los garrones. Y ya le bajé los cueros.
El patrón ser acercaba a nosotros a caballo. Con satisfacción vi. que no sonreía ya, pasando por lo contrario una mano pensativa sobre su bigote.
Con un tono de elogio, me dijo “¡Qué padrino tenés, muchacho!”. “Y – contesté – no ayudándome el cuerpo, con algo debía contar pa un apuro”

Siembras
Es costumbre en los valles calchaquíes, antes de las siembras realizar algunos ritos para que la misma sea feliz y fructifiquen las simientes
El dueño de casa provee de tres toritos de barro cocido de dos o tres centímetros de tamaño, con dos aberturas una en al boca y la otra en el lomo. Uno es llenado con aguardiente, otro con chicha de maíz y el tercero de llicta, que se carnea al iniciar la siembra, repartiendo entre los presentes los diversos trozos para que coqueen. Luego derraman sobre las espigas de maíz, por la boca de los toritos, el aguardiente y la chicha, agregando coca y llica, volcando también agua bendita.
.Inmediatamente se inicia la siembra; los hombres con arados son arrastrados por bueyes abren surcos, y las mujeres van colocando las semillas que desgranan de las espigas que llevan.
En la quebrada de Humahuaca la ceremonia se realiza en forma diferente, pero la coca y la llica juegan papel importante, invocándose a la Pachamama. Madre de los cerros, para que proteja la operación.

Señalada
Es como la yerra, pero para animales menores.
Se invita a amigos y familiares y se provee de bebidas y comida en abundancia. Se llevan imágenes de San Marcos y de San Juan, protectores de las majadas.
Llegado el día fijado, los visitantes exteriorizan de viva voz de que la majada se haga más numerosa, mientras coquean.
Se toman parejas de ovejas, cabras o de terneros (siempre macho y hembra) y les dan chicha, aguardiente y coca y se comienza las “señaladas cerreras”. Salpicando de sangre a la dueña de casa para que ella y su majada gocen de buena salud.
Van entregando los pedazos de orejas al dueño, quien los va guardando, haciendo al terminar la tarea, aspersiones con aguardiente y chicha. Luego sueltan a los animales, levantan puñados de piedras y se guarecen en las habitaciones del dueño de casa donde comienza el baile.
Al día siguiente se entierran los pedazos de oreja y hojas de coca, en un hormiguero.
En otros lares, estos restos de orejas se depositan en un pequeño pozo hecho en centro del corral, rociándolos con aguardiente y se las cubre con tierra como homenaje a la Pachamama (Esta descripción corresponde a Juan Ambrossetti).

Cuereadas
Las “cuereadas” constituían faenas propias de la pampa argentina, en las que el ganado cimarrón, descendientes de los primitivos animales dejados por Pedro de Mendoza, era perseguido para obtener el cuero que aparte de su uso en la colonia, se comerciaba como otros frutos de la tierra, con la metrópoli.
Al ganado cerril, se los arreaba, entre gritos de los vaqueros y los las áridos de los perros ovejeros y el alboroto general, hasta que en el lugar determinado, los jinetes los rodeaban y comenzaban a hacerlos correr en círculos. Hasta que al grito del capataz, los desjarretadotes, montados y munidos de una garrocha con una acerada media luna, comenzaban a lanzar golpes hacia el ganado bravío. A medida que los animales eran alcanzados por el golpe, caían chorreando sangre. Y vuelta a embestir a otro y a otro y a otros más. Horas después el suelo estaba cubierto de animales sacrificados. Empezó la tarea de cuerear, con una habilidad maravillosa y luego los peones se encargaban de llevarse el cuero para estirarlo cuidadosamente y estaquearlo, hasta su secado y estar listos para cargar y despachar.
La carne quedaba abandonada para los perros cimarrones y las aves de rapiña.
Se requerían permisos especiales del Rey o del Cabildo y entonces la matanza de ganado bravío alcanzaba inmensas proyecciones.
Además el cuero se usaba como moneda, ante la falta de circulante y con los cueros se mercaba o se pagaba como trueque. .
Se realizan matanzas para pagar el techo de cedro de la catedral, a favor de los primeros templos, para la redención de cautivos, de indios, para costear fiestas, y colaciones, para los conventos y la lista sigue.
La destrucción fue tal que el Cabildo debió dictar severas ordenanzas fijando el tiempo y número de animales a matar y vedando la matanza de vacas y terneros.
El exterminio fue tal que de cuarenta millones de cabeza que existían en el siglo XVIII, prácticamente se había sacrificado la mitad.

El Rodeo
El sitio donde se reúne el ganado mayor, para sestear o pasar la noche, o para su conteo o venta, es, generalmente un terreno llano y despejado desde un punto céntrico de la estancia.
En las grandes estancias de las llanuras, la vida se concentraba en un espacio amplio y parduzco, a veces hasta de un octavo de legua de ancho, se llamaba “rodeo”.
Una hora antes del amanecer, los paisanos alzaban sus recados.
Un momento después, ya cabalgando hasta el lugar indicado por el capataz, para que se separaran, dirigiéndose cada uno a las puntas que le habían indicado. Luego cada cual arreando su sector se iban concentrando en el rodeo, agitando ponchos y rebenques y acompañados por el ladrido de los perros. Una vez que se acercaban, iba deteniendo los caballos a fin de que el ganado amainara su carrera y provocara la desbandada general.
Se reunían a veces cuatro mil, en otras ocasiones algo más hasta diez mil reses, desde las lomas, las cuchillas, los espejos pajonales y los rincones de los pajonales y una vez agrupados se limitar a atajar el rodeo.
Si aparecía inquietud entre los animales, por algún ruido imprevisto, la caída imprevista de un caballo, el aleteo de un poncho; se disponía un grupo de peones que hiciera un movimiento circular alrededor, para tratar de contener todo el ganado y evitar una estampida, que resultaba cuando se daba incontenible, perdiéndose todo el trabajo realizado. (Sobre un comentario de Cunnighame Grahan)

La Desplumada
Las plumas de los avestruces eran muy solicitadas, de manera que estos animales eran cercados, cazados y encerrados. Expertos desplumadores quitaban las plumas y luego las soltaba para que la naturaleza, renovara la provisión en el futuro.
El desplume se hacía en invierno. Los vecinos ataban sus perros, estaban prohibidas las boleadoras y cada uno de los paisanos llevaba un poncho, amplio pañuelo o bolsa, para apurar a los avestruces con su revoleo.
Al ingresar al encierro previsto, y con un trapo en la mano, azuza a siete u ocho de ellos a cada brete. Los desplumadores de a dos toman a la avestruz de cada ala y queda el animal con las alas extendidas y tratando de librarse de los hombres y mientras uno sujeta tiesa una de las alas el otro arranca las plumas de la otra y luego a la inversa.
Luego los avestruces son liberados, se levantan las plumas y se sigue con los demás.

La Carneada

Propia de un país en que la riqueza ganadera tiene la magnitud de la nuestra, y en el que por propia gravitación la carne se convierte en el alimento esencial del hombre, es la carneada, que consiste en sacrificar generalmente un vacuno y un equino, como corolario de una larga faena campestre: la yerra, la señalada, el rodeo, etc.
El animal sacrificado es generalmente asado con cuero y consumido allí mismo en amable camaradería, mientras se suceden los comentarios de los sucesos del día.
Se iniciaba con un peón que enlazaba las patas traseras del animal. Enseguida lo derribaban y degollaban.
O los enlazaban por los cuernos y un paisano los sostenía y otro procedía al carneo.
Para ello esquivando las corneadas del animal por el lado contrario del lazo, para no enredarse, le hundía su largo facón en el cuello. Borbotones de sangre, con un mecerse a ambos lados, frenéticamente, el animal lanzaba un bramido de dolor, caía a tierra y expiraba. Otras veces para no correr riesgos, desarticulaban, cortando sus coyunturas o corvejones, las defensas del pobre animal y luego indefenso los degollaban.
Aparecían los carniceros que desollaban y despedazaban a la res muerta. Todo era tan rápido que solo una hora después de haber dado su bramido de muerte, hasta que ya las piezas de carne cruda, colgaban en el galón.
Estacaban la piel, estirándola en el suelo para su secado al sol y mientras los gauchos, con las ropas, manchadas de sangre tomaban mate a la sombra, los chimangos y los perros, daban cuenta de las achuras del animal sacrificado.
En el norte, en los valles calchaquíes, por razones afectivas con los animales, se sacrifican muy de tarde en tarde y constituyen una ceremonia especial, lo ubican en posición este a oeste y con las patas sueltas; le cubren los ojos con al primera sangre del degüello y antes de expirar, para recibir el último aliento, le colocan coca en al boca. O dibujan una cruz con la sangre. En otros sitios se entierra en los cuatro ángulos de la casa, porciones de sangre, producto del degüello.

Peludeo
De noche en nuestro campos se suele salir a peludiar, esto es cazar mulitas, peludos, etc. Se prefieren las noches claras de luna, porque es más fácil perseguir al animal. Se acompañan con perros que tienen la misión de encontrarlos y perseguirlos. Basta que se les vuelta, panza arriba, para poder tomarlos con facilidad. Se utiliza una varilla de hierro terminada en punta o en flecha, con el que se puede ensartar al animal. Asado es un plato excepcional, si se tiene la precaución de dejarlo al sereno durante una noche.
Generalmente la vuelta es con los tientos de su recado atestados de peludos.

La Siega – La Trilla – La Aventada
Son procesos de una misma faena. Cuando las espigas están maduras y las plantas se inclinan por el peso de sus granos, ha llegado el momento de cosecharlos.
El trabajo hoy está totalmente mecanizado pero años ha se utilizaba la hoz y la guadaña para la siega; es decir el cosechado de las espigas, que se cortaban directamente con esas herramientas de cada melga.
La trilla se realizaba con las espigas, como alfombras, tendidas en un sector y animales, que eran yeguas o mulas, que con gran alboroto de los peones los animales comienzan a correr en rededor de las parvas, hasta que los giros se hacen frenéticos. Al rato cuando los peones se recuestan tendidos y sudorosos, el polvo amarillo se va asentando dejando los granos desprendidos, que son recogidos por las mujeres, en grandes tipas tejidas de caña. Esas bolsa se apilan en el lugar determinado, para darle el destino oportunamente.
Y como todo acontecimiento en el campo la jornada se cierra, con un baile con todos los asistentes.
La aventada, como su nombre lo indica, es la operación por la cual se levantan al aire y se dejan caer, los granos cosechados y trillados para eliminar hojas, ramas, que hubieran quedado y que el viento se encarga de llevar.

La Caza del Guanaco
Con el fin de aprovecha su piel y a carne, el guanaco fue perseguido, tanto en las pampas como en las mesetas patagónicas y en la quebradas andinas. Las boleadores fueron la mejor arma para apresarlas, la que requería destreza y maestría singular
Pero la tradición se terminó con la llegada del Winchester y otras armas de fuego que suplantaron a las boleadores, a los expertos en su utilización y facilitaron la explotación abusiva hasta límites de poner en extinción no solo la tradición criolla sino también la existencia misma de estos animales.
Antes los reyes incas habían preferido al “chaju” que quiere decir atajar. Utilizaban veinte mil a treinta mil indios que formaban un cerco en rededor del ganado que al cerrarse sobre el mismo así como los animales que iban cercando en el cierre del círculo, y llegaban entonces los que tomaban la caza con tres o cuatro paredes de indios hasta tomar el ganado a mano (El Inca Gracilazo)

Caza de vicuñas
Principalmente en el norte es típica la caza de vicuña, que se sigue haciendo como en el tiempo de los incas. El motivo abastecerse de carne y la codiciada lana, con la que se tejen hermosos ponchos.
Los cerreros antes de realizar la batida efectúan ceremonias a la Pachamama y a veces al Llastay..
Ascienden a las montañas, donde se esconden las vicuñas y, buscando una planicie, forman un “chaco” o corral destinados a los animales arreados. Mientras adecuan las improvisadas moradas donde han de estar alrededor de una semana. Rodeando el chacó con estacas de un metro y medio de alto que ubican de quince en quince metros. El círculo tiene entre seis y ocho kilómetros de perímetro. Éstas se unen por medio de hilos de lana de los que cuelgan tiras de género de diversos colores, con el fin de que las vicuñas alojadas en el corral no huyan, dado el temor que le inspiran esos colgantes. Las vicuñas dentro de ese predio son boleadas y degolladas sin dificultad. Se les saca el cuero y saborean su rica carne con fuego de yareta y cuerno de cabra, en un paisaje agreste donde las montañas sirven de fondo a esa típica escena que tiene lugar a veces hasta a cuatro mil metros de altura.

La Caza Del Ñandú
Llamado también “choiqué”, “cheuque”, “surí” es objeto de persecución por parte del hombre, quien aprovecha de él las plumas, su carne (solo los alones de fuerte gusto a potro, según dicen algunos) y al piel de su cogote y de sus patas, aptas para fabricar “chuspas” (bolsas).
Se cazaba con boleadores y hoy se los caza con armas de fuego
Su caza moviliza a gran número de jinetes que van cercando denominados “punteros” los de los costados y “culateros”. Los ñanduces procuran escapar pero como el cerco se va cerrando, se procura bolearlos e incluso algunos que logran eludir el cerco son perseguidos y atrapados, por estar rendidos de tanto correr.

(Condensado del libro “Folklore y Nativismo” de F. Coluccio y G. Schiaffino. “S.A. Editorial Bell”)





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